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Narcisismo: ¿somos todos narcisistas?

El narcisismo es un término que se utiliza por primera vez por el psiquiatra alemán Paul Näcke, para designar aquellos casos en los que el individuo toma como objeto sexual su propio cuerpo, lo contempla con agrado, lo acaricia y lo besa hasta llegar a una completa satisfacción. Llevado a este punto el narcisismo constituye una perversión, que ha acaparado toda la vida del sujeto.

Aunque esta definición hace referencia a una perversión en el sujeto adulto, Sigmund Freud descubre que en una etapa de la vida de todo ser humano, en la infancia, el niño muestra conductas de este narcisismo, tomándose a sí mismo como objeto amoroso. Este narcisismo infantil se caracteriza porque el niño siente ser el centro del universo, y exige a sus padres, y a los demás, toda la atención que estos puedan darle. Antes de que el niño ingrese en la siguiente etapa de su desarrollo psicosexual, la etapa del Complejo de Edipo, se mostrará egoísta y egocéntrico, y exigirá que le den todo lo que pide.

Este narcisismo es una característica infantil de la personalidad.

Cuando el niño ingresa en la siguiente etapa del desarrollo, ha de empezar a limitar su narcisismo, por ganarse el amor de sus padres.

Pero este narcisismo no desaparece del todo, y en todo sujeto adulto pervive parte de él. En su justa medida, ayuda a llevar a buen término un proyecto, porque es el que nos hace creer en nosotros mismos, en nuestras fuerzas y valores. Pero cuando es excesivo puede deteriorar cualquier sistema operativo social, y generar muchas complicaciones en la vida del narcisista.

Freud, en el libro que publica en 1914, Introducción al narcisismo, desarrolla en profundidad este concepto, y lo define como el proceso de retirar la libido o energía sexual de los objetos, de la realidad exterior, para incorporarla al yo del sujeto, perdiendo incluso, el narcisista, la capacidad de amar.

En esta obra detalla dos situaciones que se dan en todo sujeto adulto, donde retorna a este narcisismo infantil. Estas situaciones son:

  • Cuando tenemos un dolor orgánico: el individuo aquejado de un dolor o malestar orgánico cesa de interesarse por el mundo exterior, en cuanto no tiene relación con su dolencia. Diremos entonces que el enfermo retrae a su yo sus cargas de libido para dirigirlas a la curación. “Concentrándose está su alma”, dice el poeta Wilhelm Busch con respecto a un dolor de muelas, “en el estrecho hoyo de su molar”
  • Al irnos a dormir también retiramos toda la energía del exterior para ponerla a disposición de la persona, sobre el deseo único y exclusivo de dormir.

Este narcisismo primario que presenta el niño, es difícil ver por medio de la observación directa. Sin embargo, considerando la actitud de los padres cariñosos con respecto a sus hijos, hemos de ver en ella una reviviscencia y una reproducción del propio narcisismo abandonado mucho tiempo atrás. La hiperestimación que los padres hacen del niño, no solo contribuye a alimentar su narcisismo, sino que también nos da cuenta del narcisismo de los padres. Se atribuyen al niño todas las perfecciones, cosa para la cual no hallaría quizá motivo alguno una observación más serena, y se niegan u olvidan todos los defectos. Pero existe también la tendencia de suspender para el niño todas las conquistas culturales cuyo reconocimiento hemos tenido que imponer a nuestro narcisismo, y renovar, para él, privilegios renunciados hace mucho tiempo. La vida ha de ser más fácil para el niño que para sus padres. No debe estar sujeto a las necesidades reconocidas por ellos como supremas de la vida.

La enfermedad, la muerte, la renuncia al placer y la limitación de la propia voluntad han de desaparecer para él, y las leyes de la naturaleza, así como las de la sociedad, deberán detenerse ante su persona. Habrá de ser de nuevo el centro y el nódulo de la creación: “His Majesty, the baby”, “Su majestad, el niño”, como un día lo estimamos ser nosotros. Deberá realizar los deseos incumplidos de sus progenitores, y llegar a ser un gran hombre o una gran mujer. El amor parental, tan conmovedor y tan infantil, en el fondo, no es más que una resurrección del narcisismo de los padres.

La observación del adulto normal nos muestra muy mitigada su antigua megalomanía, y muy desvanecidos los caracteres infantiles de los cuales dedujimos su narcisismo infantil. ¿Qué ha sido de ese narcisismo? Uno de los destinos de este narcisismo es la formación de un ideal por parte del yo, el cual sí conservaría todas las características del narcisismo infantil. El narcisismo aparece desplazado sobre este nuevo Yo ideal.

El niño no quiere renunciar a la perfección de su niñez, y ya que no pudo mantenerla ante las enseñanzas recibidas durante su desarrollo, y ante el despertar de su propio juicio, intenta conquistarla bajo la forma del Yo ideal. Aquello que proyecta ante sí como su ideal es la sustitución del periodo de narcisismo de su niñez, en el cual él mismo era su propio ideal.

Y la instancia psíquica especial encargada de velar por la satisfacción narcisista en el Yo ideal, y que, en cumplimiento de su función, vigile de continuo el yo actual y lo compare con el ideal, es el Super yo.

En todos nosotros existe tal instancia que observa, advierte y critica todas nuestras intenciones. El delirio de ser observado representa a esa instancia en forma regresiva.

¿Cuál es el estímulo para la formación del Yo ideal y del Super yo? El Yo ideal, y el Super yo, tienen su punto de partida en la influencia critica ejercida por los padres, a los que luego se les agrega los educadores, los profesores, y por último, toda la multitud de personas del medio social: compañeros, opinión pública, amigos.

El narcisismo se asocia, también, a la autoestima que tiene el sujeto. Todo lo que una persona posee o logra, cada residuo del sentimiento primitivo de omnipotencia confirmada por su experiencia, ayuda a incrementar su autoestimación.

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